NEUROPOLÍTICA | Buenos para el qué, malos para el cómo.


David Uriarte

Al dirigirse a los integrantes de la Conferencia Nacional de Gobernadores el miércoles 17 de mayo del presente año, el titular del poder Ejecutivo dijo: “Entiendo su indignación a la que nos sumamos, con la que nos solidarizamos, y la razón por la que estamos hoy reunidos es precisamente, no para dirigir discursos, sí para reafirmar un firme compromiso…Señores y señoras, la violencia perpetrada contra periodistas a abierto una profunda herida en nuestra sociedad, ante ello, el Gobierno de la república expresa su más enérgica condena por estos lamentables sucesos que lastiman a México, y que han generado una gran indignación”.

En el uso de la voz, todos señalaron el qué, pero nadie dijo “cómo”. Pensar que la inmensa mayoría de los mexicanos son retrasados mentales, es un insulto a la inteligencia natural del ser humano, creer que te creen, es muestra de un narcisismo extremo, sin embargo, alguien les tiene que decir a los príncipes del discurso, que no son las palabras, piezas oratorias o las reuniones de buena voluntad las que solucionan los conflictos sociales, mucho menos cuando de conducta violenta y antisocial se trata.

Se vale no saber el cómo, pero también se vale en honor a la verdad, aceptarlo y buscar ayuda. Los diagnósticos médicos y psicológicos se basan en signos y síntomas; los diagnósticos sociales en hechos y comportamientos. Cuando los hechos tiñen las calles de sangre, ése es el que, y no necesita muchas explicaciones, es el cómo el tratamiento y el cuándo la conciencia de la urgencia. Una sociedad enferma de miedo no se cura con explicaciones, regulaciones, marcos jurídicos, tratados internacionales, instrucciones a funcionarios, o reuniones urgentes.

Un gobierno basado en evidencias, no necesita juicios, son los hechos los que lo acreditan o desacreditan. No me digas la historia de la enfermedad, dime cómo la vas a curar, no me digas que compartes la indignación, dime cómo vas a garantizar la vida, seguridad y tranquilidad de un cuerpo social adolorido, magullado, policontundido y necrótico en su esperanza. Si el discurso se respalda con el cómo, el cuerpo social se repone al igual que el agua alivia la sed.

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